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viernes 4 de noviembre de 2011

La Princesa del Frio

Dejo constancia de este relato escrito porque nací con la línea de la vida muy corta, y en realidad no sé cuanto tiempo permaneceré aquí. Sólo espero que alguien recoja este, mi ultimo y apasionante aliento, plasmado con gran esfuerzo, y extraiga de ello alguna conclusión que le remueva, aunque sea solo por un instante.

Mi nombre no importa, lo única que importa de todo cuanto voy a relatar sobre mi es mi profesión. No tengo una profesión habitual, ni gloriosa, es más bien oscura. Disto mucho de ser un héroe de esos que salen en la tele, soy más bien un ratón de biblioteca. Mi vida ha transcurrido rodeado de libros. Y entre libros sucedieron los hechos que un día me convirtieron en lo que soy.

Soy lingüista, me dedico a estudiar las lenguas, y de entre ellas, las que en realidad siempre me apasionaron son las lenguas antiguas, y de entre ellas; las lenguas muertas: Aquellas que hace mucho que ya no se hablan, que ningún pueblo ni cultura hace uso de ella. El problema es que estas lenguas nacieron muchos siglos antes que el papel, por lo que fueron grabadas en piedra, y abandonadas en cualquier desierto tenebroso del planeta. Pero no he sido yo quien ha descubierto esos magníficos tesoros del conocimiento, jamás he salido de mi querida biblioteca. Otros héroes realizaron ese trabajo por mí.

Desde la pequeña pantalla del ordenador, donde ahora mismo tecleo estas líneas, y a través de internet, ocurrió todo. Un día como otro cualquiera me conecté desde mi terminal con cierta base de datos de la que solía extraer información sobre hallazgos arqueológicos de mi interés, esto es; sobre lenguas antiguas.
El acceso a este magnífico tesoro del conocimiento me lo proporcionó un amigo cuyo nombre no he de mencionar aquí por guardar su secreto, su fuente de información. Él no suele utilizar la puerta principal para entrar en estos sitios, y yo nunca quise saber cómo lo hacía. La sed de conocimiento me cegaba tanto que nunca pensé en las terribles consecuencias que esa habilidad me traería, hasta ahora.

Todo empezó como empieza cualquier cosa, sin aparente interés. Examinaba cierta escritura cuneiforme hallada en un sitio perdido codificado por la fuente como 122-0924/11. Nunca me importó el significado de esa extraña combinación de letras, y nunca pensé que su significado me llevaría a cumplir con el destino que alguien escribió un día en las líneas de mi mano. ¡La sed de conocimiento me cegaba tanto!.

En realidad no había nada especialmente útil en aquellas piedras, hasta que de pronto, algo se removió en mi cerebro, y entonces lo vi claro. Aquella escritura era conocida para mí. La había visto antes, es más; la había traducido con anterioridad, y con ello comenzó mi perdición. Sin apenas pensar comencé a traducir. Sin tomar ninguna medida de seguridad informática. Sin tomar ninguna precaución para ser localizado. La sed de conocimiento se había apoderado por completo de mi razón, y nada podía liberarme de su yugo. Era incapaz de razonar, las piedras me hablaban, me hablaban a mí, y eso era lo único que existía en el universo, en mi universo, en aquel momento.
Las piedras hablaban de una princesa, y de un reino ocurrido muchos siglos atrás en una tierra fría, lejana y desconocida. Ella, la princesa, sufría sin parar, un terrible mal la quemaba desde dentro, y la entristecía día y noche. Pero no era un mal físico, era un mal más difuso y más esquivo, tal era su poder, que la medicina nada podía contra él.

La princesa contaba que todo el dolor partía de un recuerdo. Le dolía tanto recordar, pero aun así no podía dejar de hacerlo. Le quemaba tanto recordar, pero aun así no quería dejar de hacerlo. Ella era consciente de que un día el mal pasaría, sólo debía resistir, pero ese día le parecía tan lejano. Ella sabía que debía morir, era consciente de que morir era la única forma de librarse de su mal, pero tenía tantas ganas de vivir, que morir lentamente era la única forma de aferrarse a la vida, a la que tanto amaba, a pesar de que esa misma vida le estaba abrasando desde dentro.

Pasaron muchos días y muchas noches en los que la princesa agonizaba lentamente, un poco cada día, y un poco cada noche, sufriendo en cada instante camino de su fin, hasta que un día todo terminó, y la vida le abandonó.
Ese día no fue particularmente especial; fue un día como todos los demás, pero algo tuvo de distinto; había comenzado el camino de su renacimiento. Pero para llegar a ello, a su resurrección, antes tenía que pasar por el infierno. Ese momento llegó, ella se liberó del miedo y afrontó su fin con valor. Morir no es tan terrible, lo realmente terrible es vivir muriendo, justo lo que hizo.

Su paso por el infierno fue aun más doloroso que sus últimos días con vida, pero ella sabía que la resurrección llegaría algún día. Ahora sólo debía resistir, ¡Pero el dolor era tan grande!
- Resiste - se decía a sí misma, - resiste, que al final del túnel siempre está la luz, al final de la tormenta siempre llega la calma, al otro lado del infierno está el paraíso- Pero el dolor era tan grande, el sufrimiento era insoportable, que casi prefería abandonar toda lucha y quedarse allí, en el infierno, sin más.

Justo cuando se disponía a tirar la toalla otro recuerdo pasó por su cabeza, como un relámpago, sin avisar, sin decir nada, simplemente apareció. Recordó las palabras de su viejo maestro; hacía muchos años que no le veía, muchos antes de que siquiera fuera la Princesa del Reino, cuando era una chiquilla corriente a la que le gustaba aprender de cada una de las experiencias que le brindaba la vida.
Su Maestro siempre le decía lo mismo, cada día que se levantaba para sus lecciones y ella se quejaba de lo difícil e inabarcable que era todo eso.
- Recuerda: la diferencia entre el primero y el último de los sabios radica sólo en una décima de segundo. Una décima de segundo en la que el mejor decide seguir sufriendo más, mientras que el otro se rinde. Esa décima de segundo más en la que uno está dispuesto a sufrir, mientras el otro dice basta. Esa décima de segundo de sufrimiento le llevará a otra, y después a otra, y así uno de ellos mejorará cada día, mientras que el otro permanecerá estancado – le enseñaba el maestro.

Fue entonces cuando decidió continuar una décima de segundo más hasta que al fin llegó su resurrección. En medio de la nada más absoluta que forma las paredes del infierno apareció la luz. Justo en lo más alto de la nada. Ella saltó, y saltó, nadie se esforzó nunca tanto por llegar. Saltaba y saltaba, pero no llegaba a alcanzarla, hasta que recordó que para saltar más es necesario liberarse por completo de todo el peso, sólo entonces estás dispuesto para saltar y volar si es preciso.

A los pocos días se liberó de todo lo que le oprimía: Se liberó del dolor, del odio, del rencor y sin darse cuenta empezó a ascender hasta llegar a su resurrección, a su nueva vida.

Fue en este estado de la historia cuando las piedras se terminaron, y yo cegado por mi ansia de saber, quise saber sobre aquel expediente 122-0924/11, fue entonces cuando descubrí el embrujo de aquella lengua muerta, de aquella escritura, de la simpleza de su contenido y de la intensidad de su mensaje. Comprendí lo involucrado que estaba en su sufrimiento, en su penar. Comprendí cuanto conocía ese antiguo texto, el significado de esas letras, recordé de qué conocía aquella vieja lengua olvidada. Y, por fin, supe con certeza que mi vida, como la de aquella princesa del País del Frio, había terminado, y que oscuros seres de aquel infierno tarde o temprano me atraparían y me arrastrarían hacia la condena eterna.

3 comentarios:

gym dijo...

me gusta tu imaginacion, como narras las situaciones. sigue en esta linea,y cada dia sera mucho mejor si te lo propones...besos

Angel dijo...

Me encantan estas lineas y esta faceta tuya. Muy chulo.

Un abrazo mildo.

yolanda espinosa dijo...

Mildo desconocía esta faceta tuya, me ha encantado tu relato.