English plantillas curriculums vitae French cartas de amistad German documentales Spain cartas de presentación Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

sábado 18 de febrero de 2012

Respirar

Te he dejado en el sillón
las pinturas y una historia en blanco.
No hay principio ni final,
sólo lo que quieras ir contando.

Y al respirar intenta ser quien ponga el aire,
que al inhalar te traiga el mundo de esta parte.

Te he dejado en el sillón
las pinturas y una historia en blanco.
Yo me marcho a otro lugar,
puede que el viaje sea largo.

La burbuja en que crecí nos vendió comodidad
y un nudo entre las manos.
Yo escogí la ambigüedad, tú el fantasma y lo real,
todo en el mismo barco.

Y al respirar propongo ser quien ponga el aire,
que al inhalar me traiga el mundo de esta parte.
Y respirar tan fuerte que se rompa el aire,
aunque esta vez si no respiro es por no ahogarme.

Intenta no respirar ...
Intenta no respirar ...

Y al respirar propongo ser quien ponga el aire,
que al inhalar me traiga el mundo de esta parte.
Y respirar tan fuerte que se rompa el aire,
aunque esta vez quizá será mejor marcharse.

Intenta no respirar ...
Intenta no respirar ...


V.M.

jueves 26 de enero de 2012

Amsterdamned


Cuando regresó a casa se encontró con el frio.
El frio acumulado después de una larga temporada de ausencia. Ese frio que se esta en las paredes del hogar solitario, que parte de ellas, que se transmite al suelo, de este a los pies y, por fin, de estos sube directamente hacia el corazón, para en un escalofrío, sentir de pronto que volvió, regresó y que nada sigue igual. Todo cambió. Incluida ella. Se miraba y se miraba, pero no se reconocía.
¿Donde fué?
¿A qué?
¿Y por qué?
Preguntas sin respuestas, sin duda, ya que desde que partió llevaba haciendose esas mismas preguntas.

Aquel frio era el mismo que un día se había instalado en su corazón, aquel que un día, de pronto y sin previo aviso le hizo plantearse si aquel era el lugar adecuado, si era la vida que había elegido y,  si lo era, que le había llevado cambiar de opinión, a plantearse nuevos retos, nuevas metas, experiencias. A lo mejor no era nada de eso, sino que simplemente las fuerzas le abandonaban, aquello que creía firme e inamovible se tambaleaba como una barca al pairo en mitad de una tormenta.
El caso es que un día, después de meditarlo mucho, pero con la sensación de no haberlo hecho lo suficiente se marcho.
La pudo la convicción de que era lo correcto. Que su tiempo a su lado había tocado a su fin y que debían darse la oportunidad de retomar sus vidas, solo que por separado.

¡Cuantos proyectos se quedaban a medias! ¡Cuantos aún por iniciarse! ¿Y las promesas realizadas? ¿Que pasaba con ellas? Una sensación de traición se apoderaba de ella, pero a la vez reunió las fuerzas necesarias para abandonarle, para dejarle pensando en que había podido fallar, que había podido hacer mal. ¿Cómo hacerle comprender que no tenia la culpa de nada? Sino mas que de amarla sin fisuras, sin condiciones, sin preguntas. La amo y se sintió amada como jamás imagino que lo seria, pero aun así no fue suficiente. Es como si un dia se sintiera capaz de vivir sin ese amor sincero y se decidiese a buscar nuevos horizontes sin saber muy bien que encontraría. Mejor aun: sin importarle.  
Así fue como lo hizo. Se marcho sin mas.
Al cabo de un tiempo breve se sentía sin fuerzas y le podían los recuerdos y los remordimientos, estaba a punto de arrojar la toalla y volver a intentar acercarse a él. De nuevo volver al lado de Luis.

Fue entonces cuando apareció José.
Alguien insospechado, que aparece en el entorno mas insospechado para desbaratar toda teoría, todos los planes, todas las dudas y poner de nuevo su vida patas arriba. Con el se sintió revivir. Su vitalidad, su energía positiva, su punto de vista amplio, sencillo y sin complejos la devolvió al mundo de los vivos. Se encaminó hacia un nuevo horizonte donde redescubrió viejos placeres olvidados, viejas sensaciones, nuevas emociones. Llegó a la conclusión de que eran las mismas, solo que con alguien diferente. Le pudo la idea de que era aún mas fascinante que en ocasiones anteriores, pero la experiencia y cierta desconfianza en si misma le advertía de que no era así, solo que era novedoso. Se limitó a dejarse llevar, a disfrutar esa nueva experiencia, esa nueva compañía. Se abstuvo de entrar en comparaciones y se olvidó de su vida anterior.
Al menos durante un tiempo.
En ese tiempo vivió de forma intensa todos los placeres conocidos hasta el momento, algunos adormilados en algún rincón de su ser. Otros fueron vividos nuevamente, asi lo percibía, así le pareció.

Se descubrió ante José y le pareció encontrar lo que necesitaba, lo que andaba buscando entre sus brazos. Dormida en ellos, al regazo de su pecho, bajo su cobijo. En sus palabras, sus historias fascinantes. Su voz templada y calmada. Su sonrisa franca, limpia y sincera. En el calor de su mirada profunda se sintió perder, olvidar del mundo, naufragar en medio de un océano de amor y por fin, olvidarse del resto del mundo. Solo estaba él, solo ella y él. 

Pero nunca olvido a Luis. No podía apartarlo de su mente, le podía el daño, la pena, la visión de su cara triste y resignada el día que se marcho. No conseguía apartar de su recuerdo su sonrisa de despedida con la que le decía algo así como: "Lo intente. Di todo lo que tenía, te entregue todo mi cuerpo, mi alma y mi vida y no fue suficiente. Perdóname."

Pero también le podían los recuerdos. Recuerdos que antaño eran los más felices hoy eran los que mas dolían. Son los recuerdos los que duelen. El recuerdo la dañaba, el olvido aun sería peor.

Y no olvidaba. Cada día, desde aquel lejano mes de Abril, le fue ocupando más espacio en su mente. Y como un día ese pensamiento voló hacia José, ahora retornaba al abrigo de Luis.

"Nuestro amor no muere, solo cambia de lugar en el corazón" aquella frase que un dia le dijo hoy volvía con fuerza a su mente.

Hasta que un día comprendió su verdadero significado. Ese mismo día decidió que volvería, que recorrería el camino a la inversa y volvería a su lado, de donde jamás debió partir. Tal era el poder de su recuerdo. Tal era la fuerza de su amor.




Una tarde de Enero regreso al que hacía dos años había sido su hogar durante ocho mas. Todo estaba igual aparentemente, pero sintió aquel frio en el alma. El juego de llaves seguía siendo el mismo y entró sin problemas en su hogar. No habló con Luis, puesto que quería verle frente a frente, encontrarse con su sorpresa y valorar al momento que supondría para el su regreso. Lo pensó así, puesto que hacía ocho meses que no cambiaban ni una palabra.

Por otro lado le pareció una osadía, un atropello, una invasión de su intimidad, pero seguro que al menos lo entendería, nunca fue un hombre que se enfadase por poca cosa. Se arriesgó. Lo de menos era la supuesta "invasión".

Recorrió la casa, solo habían desaparecido las fotos de sus viajes juntos que andaban por los rincones. Incluso los marcos eran los mismos. En su lugar figuraban otras imágenes de él. Aunque echo en falta mas de un marco. Solo encontró dos de los más de diez que tenían antes. Mas frio en los pies.

Todo estaba igual. Todo había cambiado. La casa estaba fría. Apagada. Allí no vivía nadie.

A las seis horas, con las manos, los pies y el corazón congelados por el frio, se marchó. Alquiló una habitación de un hotel a las afueras y se pasó la noche llorando.

Al día siguiente se decidió a llamar a Luis. Esta vez no haría la chiquillada de plantarse en, la ahora, su casa y concertar una cita con cualquier pretexto. Eso haría.

Cuando habló con el, hizo un esfuerzo para que no se le quebrase la voz. Era el. ¡Hacia tantos meses que no hablaban! Luis le puso muy fácil, no mostró ninguna sorpresa. De hecho, parecía que habían hablado esa misma mañana. Ni un solo toque de reproche, ni una crítica o fina ironía. Nada.

Quedaron para esa misma tarde en un bar cercano a la casa. Un bar donde hacía tiempo iban a charlar cuando no les apetecía un café de cafetera de los de casa. Esta vez serviría de terreno neutral. Un lugar tranquilo para una rendición. Su rendición incondicional. Perfecto.

Cinco minutos mas tarde de las ocho de la tarde Luis entro en el bar. Ella estaba allí desde media hora antes de la cita prevista. Se levantó al verlo y le besó dulcemente en la mejilla. De nuevo sintió ese frio que iba de los pies al corazón, aunque él se lo devolvió con cariño, alegría y la mejor de sus sonrisas.

Hablaron y hablaron. Durante dos horas se pusieron al día, entre sonrisas, palabras amables y auténtica conexión. Se atropellaban el uno al otro, el entusiasmo por ese tan esperado encuentro era evidente. Llegó un momento que a ella le pareció que no hacia ni dos semanas que se marchó de casa, que ya ni recordaba por qué, pero estaba allí. Y Luis la sonreía y se alegraba de verla. Ella sintió el impulso de hacerle el amor allí mismo, pero se decidió por hablar, exponer el verdadero motivo de su regreso.

Cuando hubo acabado de hablar hizo una pausa exageradamente larga, invitando con ello a que Luis hablase, a que dijera algo, lo que fuera, ella examinaba mientras tanto su reacción, sus gestos. Sopesaba a cada instante que le transmitía ese interminable silencio, esa mirada que la dedicaba. Intentaba encontrar su significado incluso antes de que dijese nada. Se dio cuenta de que ansiaba una respuesta, que no debía tardar ni un instante mas. Fueron unos pocos segundos, pero a ella le pareció una eternidad. Finalmente se decidió a hablar.

La dijo que había alguien. Que en este tiempo espero. Esperó una llamada, una noticia de aliento, algo que le hiciera albergar la esperanza de que volvería, pero esa llamada nunca llego. Nunca se produjo. Es mas, las escasas  llamadas que se hacían entre ambos se limitaban a preguntarse algo sobre la casa, las cuentas, cosas materiales, preguntarse por que tal estaban con algo de frialdad y distanciamiento, pero nunca le envío ninguna señal de esperanza, algo por lo que seguir esperando. Sufrió su pena, ahogo su llanto y en un tiempo encontró un hombro en el que apoyarse. Una mujer encantadora que le hizo revivir, sentirse de nuevo capaz de levantar el ánimo y mirar hacia delante. Un apoyo continuo que no le dejó solo ni a sol ni a sombra. Alguien que entendió su situación, la abrazo como suya propia y jamás comprendió como alguien tan maravilloso fue dejado de lado sin mas. Al final no se sabe quien dio el paso, pero el caso es que casi sin proponérselo estaban juntos y así seguían. Su amistad dio paso a un amor franco y sincero. Sin duda no era ella, pero supo sustituir perfectamente su espacio en su corazón. Así estaba, así seguiría. Ahora vivía en casa de Laura, así se llamaba la mujer con la que ahora compartía su vida. La casa que había sido su hogar le asfixiaba, no podía con tantos recuerdos y la cerró. Pasaba periódicamente a airearla, recoger la correspondencia, pero no pasaba mas de una hora allí.

Se lo dijo con la mejor de sus sonrisas, con esa paz que siempre supo transmitirla. No tuvo que añadir mas. De su cara, de sus ojos y de sus propias palabras entendió que el lugar que un día ocupo en su lugar había desaparecido.

"Nuestro amor no muere, solo cambia de lugar en el corazón" dijo ella de pronto.

El reconoció enseguida su frase, y la dijo que así era. En su día fue el motivo por el que se levantaba cada día. La causa por la que ese día era mejor que el anterior, la razón por la que siempre encontraba un motivo por el que luchar. Hoy ese amor había cambiado de lugar en el corazón. Ahora ocupaba el que le correspondía, que no era otro que el recuerdo de la mujer mas importante de su vida. Aquel con el que compartió los mejores años de su vida hasta ese momento. Lleno de bonitos recuerdos y grandes logros, experiencias y momentos. La quería, era imposible no hacerlo, pero ya no era la persona que quería a su lado. Esa ahora era Laura, la mujer que no hacía mucho le escucho, le entendió y le abrazo cuando nadie estaba allí para hacerlo. 

Continuaron hablando, llevaron la conversación por otros derroteros con una elegancia y disimulo propia de dos personas que se conocían a la perfección. Ninguno quiso incomodar al otro con un asunto que a todas luces no les llevaría a ningún lugar, pero lo hicieron con un tacto muy cuidado, aunque para ninguno de los dos fue indiferente.

Al rato de charlar animadamente llego el momento de la despedida, y ella no pudo evitar quemar su último cartucho diciéndole que la perdonase, que realmente había vuelto buscando su perdón. Que lucharía por él, pero que lo haría de forma limpia, solo tratando de remover su corazón. Jamás le incordiaría más que lo necesario. Le dió un beso y se marchó.

Él se quedo pensando en este tiempo. Pensó en Laura, su compañera actual, su paciencia, su comprensión, su cálido abrazo cuando más lo necesito y se maldijo por pensar lo que en esos momentos pensaba. Aún permaneció una hora más en aquel bar tomando un café, buscando en el fondo de la taza la respuesta a todas las preguntas que ahora se le agolpaban.





A los dos días ella llego a casa. Sintió de nuevo ese frio en los pies que últimamente tenia constantemente. Nada bueno suponía, ya que recordaba perfectamente como se marcho: de pronto, casi sin dar tiempo a reaccionar a su compañero, sin apenas dejarle tiempo de reacción. José no tuvo opción a decir nada, ella tenía claro que volvía a su anterior vida. Eso entendió. Y comprendió que era una decisión premeditada, bien solida, ya que ellos siempre habían estado bien, jamás le dio motivos para pensar que de pronto decidiría volver con Luis, a la casa que un día fue su hogar. Le sorprendió si, pero por algún motivo lo esperaba, así que no le quedo mas remedio que recoger sus cosas y marcharse. Pensó que no merecía lo que ella le hacía y no quiso quedarse a esperar nada. Estaba seguro que le olvidaría enseguida. Se sintió engañado, frustrado y utilizado como entretenimiento pasajero. Su corazón estaba dañado, pero su orgullo no. Para bien o para mal no quería saber el final de aquella historia. Cada minuto que pasaba sin cerrar su maleta le hacía más daño. Escribió una nota, recogió sus cosas y se marcho.

No le hizo falta mucho esfuerzo para comprender que no debía molestarse en encontrar a José. Le había hecho mucho daño abandonándole en busca de Luis sin saber si este estaría dispuesto a retomar su relación y comprendió que se porto fatal con él. Le dejaría en paz. Fue bueno con ella. En cambio ella no podía decir lo mismo.


--------------------------------------------------------------------------------------------------- 

Desde aquel día Luis no pudo dejar de pensar en su encuentro con ella. Cada día le dedicaba mas minutos en su pensamiento, crecía y crecía, se estaba convirtiendo en una obsesión. Al cabo de unos pocos meses Laura le pregunto por esos silencios, esa cara distraída, esa seriedad que se había instalado en su expresión y él le conto lo sucedido. Para Laura fue un mazazo, un fantasma del pasado que volvía a molestar a la persona que amaba. Y sabia que el mero hecho de que a Luis le estuviera cambiando su optimismo y alegría por momentos ya era bastante significativo. El tiempo que había transcurrido desde su encuentro con ella no había hecho mas que darla una ventaja sobre ella. Luis habría pensado demasiado sobre la situación y era evidente que le había trastocado, era evidente que no se mostraba indiferente a la situación. Ella seguía siendo importante para Luis. Se sintió fatal, no sabía qué hacer, no quería que Luis se fuese de su lado. No quería perderlo ante alguien con quien no podría competir. Sintió unos celos terribles. Imaginó que se veían a escondidas, la imaginaba con una frialdad pasmosa, arrancándole de su lado, inoculando un veneno mortal que poco a poco la alejaba de ella y le arrastraba de nuevo hacia su pasado. Pronto empezó a hacérselo notar. Aquella Laura tranquila, cariñosa, dulce dio paso a alguien desconfiado, vigilante, obsesionado. Siempre había una pregunta incómoda, una desconfianza, una duda. Para Luis no pasó desapercibido y se deshacía en explicaciones que no llevaban a ningún lado, pues Laura siempre encontraba fisuras en las explicaciones.

Esto les distanció, les enfriaba por momentos y aquella relación que un día fue había desaparecido, transformado. El silencio predominaba en sus ratos juntos y cualquier comentario valía una nueva discusión. Nada volvería a ser igual entre los dos. Quien de los dos decidió poner fin a su relación carecía de importancia, casi sin palabras entendieron que el momento que ambos vivieron había desaparecido, estaba intoxicado, enfermo y no había posibilidad de salvación. Ninguno tenía fuerzas para ello.


Había pasado un tiempo. No había vuelto a contactar con Luis. Tampoco supo nada de José desde el día que se marchó. No intentó siquiera llamar a ninguno, aunque por diferentes motivos. Se sentía caprichosa, insegura. Tenía la sensación de no saber devolver la felicidad que ambos le habían regalado, sino que ella lo devolvía con un adiós sin explicaciones. No trataba ni siquiera de explicarles sus sentimientos. Sabía que los había hecho daño y eso la hundía, pero aun así no encontraba la forma de explicárselo. Con Luis había intentado volver, sin éxito. Con Jose no pasaría por la misma experiencia. No, no le llamaría, además no querría darle a entender que buscaba una segunda oportunidad de nuevo, pues lo único que le interesaba de José es saber que estaba bien, incluso habría agradecido una muestra de enfado, de rencor, algo que la demostrase que la había olvidado, que le era indiferente. Le deseo lo mejor. Jose era un hombre vital, optimista, seguro que sabría apañárselas y olvidarla. Lo deseo de corazón y con el mejor de sus deseos.

A Luis le sería más difícil olvidar. Realmente sabía que se equivocó el dia que se marchó de su lado. Y ahora sabía que era imposible recuperarle. Estaba con alguien, con Laura, que supo darle el cariño que necesitaba cuando le abandonó. Ahora no la merecía. Ninguno se mereció el trato que ella les dispensó.

Ahora no podía ni quedarse en la casa donde compartió dos años intensos con Jose ni volver al piso que tenía a medias con Luis. Imposible. Nada de esto le importaba lo mas mínimo, solo quería marcharse lejos. A algún lugar donde nada le recordase quien fue. Ya encontraría la forma de establecerse, de vivir. Un empleo, un permiso de residencia y trabajo. Ya encontraría algo. Ya se encontraría.

Tres días después, con un billete de avión bajo el brazo, un par de maletas y algunas ilusiones, se embarcó a un avión con destino a la primera ciudad europea que vió en la pantalla del portátil con un precio de bajo coste.




Luis tardó cinco meses más en volver al hogar que compartió con ella tiempo atrás. Volvió y no precisamente para airear la casa, y recoger la correspondencia. Volvió con la esperanza de un dia contactar con ella y preguntarla si su oferta seguía en pie. Que quizá tenía razón y se debían una segunda oportunidad. Pero nunca contestó a su llamada. Nadie sabía donde estaba o donde fue. Su teléfono le contestaba que ese número no existía. En el domicilio en el que vivió con Jose tampoco sabían nada, ni en su trabajo, ni los del banco. Todos recibieron desde un destino desconocido los ingresos necesarios, las cartas de despido, de renuncia y demás documentos pertinentes, pero nadie sabía donde estaba.
Entendió que no quería ser encontrada, así que lo dejó estar.
Ya en casa, se sentó en el sofá y pensaba que cada uno encuentra su destino por los caminos que precisamente tomamos para evitarlo. Y ella debía haber dado con el suyo.
“Nuestro amor no muere, solo cambia de lugar en el corazón.”

¡Pues que corazón más grande!- rió para si mismo, porque por más que lo buscase ahora sabía que jamás la encontraría. 
                                                                                                    Mildolores
                                                                                                    Enero 2012

miércoles 11 de enero de 2012

Déjame ser tú



Déjame ser tú.

Quiero ser para ti, tu sangre,
que te da la vida.
Tu serenidad, que te da cordura.
Tu cuerpo en sí, que te da ese esplendor.

Quiero ser tu primer amante, porque te descubre el amor.
Tus amantes intermedios, porque poco a poco te descubren a ti.
Tu ultimo amor, que recoge su fruto.

Tu sentimiento secreto, con el que masturbas tus noches intranquilas.

Quiero ser tus libros, con los que te cultivas.
Quiero ser tu pasado que te hizo como eres.
Quiero ser tu pelo, que te acaricia el cuello y reposa suavemente en tu espalda.

Y tus piernas, tu motor.
Y tu pensamiento errante, con el que viajas a otros mundos.
Tus ojos, que me hablan sin palabras.
Tu eterna sonrisa, que me atrapa y me desnuda.

Déjame ser el aire que te envuelve.
Déjame ser tus ropas.
Déjame ser tu cama,
quiero saber que se siente.

Déjame ser un instante como tú,
Sentir como tú, amar como tú,
Hablar como tú, respirar como tú.

Estar en ti y ser tú.

domingo 1 de enero de 2012

La Mutación

Gracias a la ciencia, a mis hábitos frugales y a la costumbre, fortalecida con los años, de correr al aire libre con amigos, he llegado a cumplir los 120 años de edad.
Hoy, la humanidad vive en paz, con un gobierno mundial justo y democrático. La educación y el progreso científico son las prioridades y nadie muere de hambre, gracias a los avances tecnológicos y a una adecuada redistribución de la riqueza, que la inmensa mayoría apoyamos.
Muchos no vivieron los tiempos en que esto no era así. Yo sí. Entonces, demasiada gente todavía creía en dioses únicos que prometían paraísos soñados a quien viviera o muriera por su fe. Los creyentes no dudaban en matar o morir guiados por tales promesas, las guerras se sucedían sin parar, con sus secuelas de hambre, involución, odio y muerte.
Pero hace no mucho nacieron, de repente, unas generaciones que no creían en religión alguna, que se negaron a vivir para la muerte, que se rebelaron contra lo que siempre había sido, que no se creyeron el legado de creencias que tanto éxito habían tenido con sus predecesores. Ellos han ocasionado la más grande de las revoluciones hasta la fecha. Y todo ha ocurrido en tan poco tiempo que a mí me ha dado tiempo a vivirlo.
Se está estudiando alguna posible mutación genética que haya podido provocar cambios significativos en la estructura del cerebro, incluso se especula con que haya sido provocada por algún grupo humano. Sea como sea, jamás pensé que pudiera llegar a ver un mundo sin religiones, sin guerras, sin aquellas tremendas desigualdades en las que vivió la humanidad desde que abandonó su primigenia inocencia igualitaria para creer en dioses ultraterrenos que prometían la felicidad tras la muerte.
Cualquier día de estos moriré, ni siquiera los enormes progresos científicos de los últimos años van a poder mantenerme vivo mucho más tiempo. Pero voy a morir feliz, el mundo que dejo por fin ha llegado a ser humano, después de la larga y triste etapa divina. 
Valoradlo.
                                                                                                                 J.G.

sábado 10 de diciembre de 2011

Latidos

Ojalá mañana, al despertar, sienta mi brazo dormido. Dormido de no querer cambiar de postura, de apenas moverme para no perturbar tu sueño. Tú, acurrucada en mi pecho te remuevas al sentirme despierto, me vuelvas a besar en da igual que lugar dejar caer un beso fugaz, tierno y húmedo y seguir acurrucada. Ojalá ese beso te remueva y te lleve a comprender que sí, que ya desperté y que te llevo mirando más de diez minutos, sin moverme, sin pestañear, sin sentir mi brazo bajo tu hombro, que te abraza y te envuelve y que me hace mitigar el hormigueo que siento desde que abrí los ojos. 
Pero merece la pena. Mereces la pena.
La luz de la mañana es escasa en la habitación, apenas adivino tus rasgos, pero si adivino tu sonrisa. Los ojos no están abiertos y cuando lo hacen son dos finas rayas que apenas diviso. Supongo que me miran cuando me sonríes desde tu cobijo. Yo solo te observo y te acaricio el cabello. Te remueves, te vuelves a remover y adivino que pronto treparás a mi y me besarás. Me besarás. Me volverás a besar y conseguirás que finalmente me hunda en ti.
Buenos dias, amor.
Despacio, lento. 
Cada vaivén de tu cadera son latidos de nuestra pasión. 
Cadenciosos, silenciosos. Los besos dan paso a una respiración profunda, pero suave. Cálida, íntima. 
No has conseguido abrir aún los ojos, siguen siendo apenas dos lineas en tu rostro, pero brillas, resplandeces, así te veo. Te recojo el pelo y lo llevo hacia detrás donde la poca luz no me impida embelesarme con tu cara, con tu eterna sonrisa. Realmente me pregunto si alguna vez vi algo más bello en mi vida, o al menos algo que reclamase tanto mi atención como lo hago contigo. Sin querer dejar escapar ningún detalle, tatuándome en la memoria cada instante como si fuera el último. Nada existe. Todo se ha paralizado. Nada cuenta. Todo carece de importancia. 
Menos los latidos de nuestra pasión.
Crecen, menguan. 
Salvajes, tiernos. 
Hay tiempo para todo, el tiempo es nuestro. 
No existe nada ni nadie. Solo tu y yo.
Y los latidos de nuestra pasión.
Las horas pasan como minutos, apenas nos enteramos. 
Otra vez se hará tarde.

Ojalá cuando este combate en la intimidad arroje un empate técnico, sin vencidos ni vencedores, salgamos a la calle cogidos de la mano, paseando por las calles sin mirar, sin importar a donde vamos o de donde venimos. Pasear y charlar. Sentarnos a mirarnos. En silencio. Hablar con la mirada, con los gestos, con las manos...
Ojalá sigamos descubriendo rincones de nuestra vida donde veranear. Aventuras que compartir y terrenos por explorar. Universos particulares donde no existe la gravedad, donde volar solo supone dejarse llevar, soltar las amarras y flotar libremente.

Ojalá pudiéramos mantener toda la vida esta sensación, pero ya nada es igual. Hace tiempo que no es igual. No lo olvidé, pero no soy capaz de reinventarme.
La postura cambia cada dos por tres. El brazo no es capaz de sufrir un segundo más ese hormigueo. Yo me muevo, tu no vienes a mi pecho. No me besas en los cambios de postura, ni me sonríes ni busco tu cara entre la penumbra de la habitación.
No hay tiernos combates a cara de perro en la mañana con finales pactados. No hay vencedores, aunque sí hay vencidos.
Los paseos dieron paso a una huída hacia los quehaceres diarios, nunca llegamos tarde a ningún sitio. No veraneamos en ningún lado, ya estuvimos allí antes. Todos los rincones fueron explorados, ni hay ningún universo ingrávido donde dejarse llevar.

Ahora nos miramos y sabemos las respuestas sin preguntas. Nos tenemos tan dentro que nada es sorprendente. Olvidé quien soy y me confundí contigo. No sé donde empiezo ni donde acabo. No sé si soy yo, o al menos cuando dejé de serlo.
Solo sé que recuerdo esos latidos, los recuerdo con nostalgia. Los necesito. 
Para vivir, para respirar, para ser y para estar.
Aquellos vaivenes en la intimidad que suponían latidos de nuestra propia pasión.

martes 15 de noviembre de 2011

Funcionario


Resulta que en la década prodigiosa del pelotazo, cuando media España se lo llevaba caliente a casa, cuando un encofrador sin estudios se embolsaba tres mil euros, cuando hasta el último garrulo montaba una constructora y en connivencia con un par de concejales se forraba sin cuento, cuando un gañán que no sabía levantar tres ladrillos a derechas se paseaba en Audi, los funcionarios aguantaban y penaban.
Nadie se acordaba de ellos. Eran los parias, los que hacían números para cuadrar su hipoteca, hacer la compra en el Carrefour y llegar a fin de mes, porque un nutrido grupo de compatriotas se estaba haciendo de oro inflando el globo de la economía hasta llegar a lo que ahora hemos llegado.
Y ahora que el asunto explota y se viene abajo, la culpa del desmadre es de los funcionarios. Los alcaldes, diputados y senadores que gobiernan la cosa pública a cambio de una buena morterada no son responsables de nada y nos apuntan directamente a nosotros: somos demasiados, hay que ultracongelarnos, somos poco productivos. Los responsables bancarios que prestaron dinero a quienes sabían que no podrían devolverlo tampoco se dan por aludidos. Todos los intermediarios inmobiliarios, especuladores, amigos del alcalde y compañeros de partida de casino de diputado provincial no tenían noticia del asunto. Nosotros sí. ¿Ellos? No. ¿Nosotros? Si. Siendo así que ellos? No. Por tanto, ¿Nosotros? Si.
La culpa, según estos preclaros adalides de la estupidez, es del juez, abogado del estado, inspector de hacienda, administrador civil del estado que, en lugar de dedicarse a la especulación inmobiliaria a toca teja, ha estado cinco o seis años recluido en su habitación, pálido como un vampiro, con menos vida social que una rata de laboratorio y tanto sexo como un mejillón, para preparar unas oposiciones monstruosas y de resultado siempre incierto, precedidas en muchos casos, como no podía ser de otra forma, de otros cinco arduos años de carrera. Del profesor que ha sorteado destinos en pueblos que no aparecen en el mapa para meter en vereda a benjamines que hacen lo que les sale de los genitales porque sus progenitores han abdicado de sus responsabilidades. Del auxiliar administrativo del Estado, natural de Écija, y destinado en Barcelona que con un sueldo de 1200 euros paga un alquiler mensual de 700 y soporta estoicamente que uno de los arriba mencionados, que gana 3000, le diga: - Joder, que suerte, ¡Funcionario! 
La culpa es nuestra. A poco que nos descuidemos nosotros los funcionarios seremos el chivo expiatorio de toda una caterva de inútiles, vividores, mangantes, políticos semianalfabetos, altos cargos de nombramiento digital, truhanes, pícaros, periodistas ganapanes y economistas de a verlas venir que sabían perfectamente que el asunto tarde o temprano tenía que petar, pero que aprovecharon a fondo el momento al grito de: Mientras dure dura! Y que ahora, con esa autoridad que da tener un rostro a prueba de bomba, se pasan al otro lado del río y no sólo tienen recetas para arreglar lo que ellos mismo ayudaron a estropear, sino que, además, han llegado a la conclusión de que los culpables son... tachan...los funcionarios.
Soy funcionario. Y además bastante recalcitrante: Tengo mis títulos ganados compitiendo en buena lid contra miles de candidatos.
¿Y saben qué? No me avergüenzo de nada. No debo nada a nadie (sólo a mi familia, maestros y profesores). No tengo que pedir perdón.
No me tocó la lotería. No gané el premio gordo en una tómbola. No me expropiaron una finca. No me nombraron alto cargo, director provincial ni vocal asesor por agitar un carnet político que nunca he tenido.
Aprobé frente a tribunales formados por ceñudos señores a los que no conocía de nada. En buena lid: sin concejal proclive, pariente político, mano protectora, ni favor de amigo. Después de muchas noches  de desvelos, angustias y desvaríos y con la sola e inestimable compañía de mis santos cojones. Como tantos y tantos compañeros anónimos repartidos por toda España a los que ahora algunos mendaces quieren convertir, por arte de birli-birloque, en culpables de la crisis. O en salvadores de la misma, según quieran venderlo.
Si alguien, en cualquier contexto, os reprocha -como es frecuente- vuestra condición de funcionario os propongo el refinado argumento que yo utilizo en estos casos, en memoria del gran Fernando Fernán-Gómez:
- ¡Váyase Usted a la mierda, hombre!

viernes 4 de noviembre de 2011

La Princesa del Frio

Dejo constancia de este relato escrito porque nací con la línea de la vida muy corta, y en realidad no sé cuanto tiempo permaneceré aquí. Sólo espero que alguien recoja este, mi ultimo y apasionante aliento, plasmado con gran esfuerzo, y extraiga de ello alguna conclusión que le remueva, aunque sea solo por un instante.

Mi nombre no importa, lo única que importa de todo cuanto voy a relatar sobre mi es mi profesión. No tengo una profesión habitual, ni gloriosa, es más bien oscura. Disto mucho de ser un héroe de esos que salen en la tele, soy más bien un ratón de biblioteca. Mi vida ha transcurrido rodeado de libros. Y entre libros sucedieron los hechos que un día me convirtieron en lo que soy.

Soy lingüista, me dedico a estudiar las lenguas, y de entre ellas, las que en realidad siempre me apasionaron son las lenguas antiguas, y de entre ellas; las lenguas muertas: Aquellas que hace mucho que ya no se hablan, que ningún pueblo ni cultura hace uso de ella. El problema es que estas lenguas nacieron muchos siglos antes que el papel, por lo que fueron grabadas en piedra, y abandonadas en cualquier desierto tenebroso del planeta. Pero no he sido yo quien ha descubierto esos magníficos tesoros del conocimiento, jamás he salido de mi querida biblioteca. Otros héroes realizaron ese trabajo por mí.

Desde la pequeña pantalla del ordenador, donde ahora mismo tecleo estas líneas, y a través de internet, ocurrió todo. Un día como otro cualquiera me conecté desde mi terminal con cierta base de datos de la que solía extraer información sobre hallazgos arqueológicos de mi interés, esto es; sobre lenguas antiguas.
El acceso a este magnífico tesoro del conocimiento me lo proporcionó un amigo cuyo nombre no he de mencionar aquí por guardar su secreto, su fuente de información. Él no suele utilizar la puerta principal para entrar en estos sitios, y yo nunca quise saber cómo lo hacía. La sed de conocimiento me cegaba tanto que nunca pensé en las terribles consecuencias que esa habilidad me traería, hasta ahora.

Todo empezó como empieza cualquier cosa, sin aparente interés. Examinaba cierta escritura cuneiforme hallada en un sitio perdido codificado por la fuente como 122-0924/11. Nunca me importó el significado de esa extraña combinación de letras, y nunca pensé que su significado me llevaría a cumplir con el destino que alguien escribió un día en las líneas de mi mano. ¡La sed de conocimiento me cegaba tanto!.

En realidad no había nada especialmente útil en aquellas piedras, hasta que de pronto, algo se removió en mi cerebro, y entonces lo vi claro. Aquella escritura era conocida para mí. La había visto antes, es más; la había traducido con anterioridad, y con ello comenzó mi perdición. Sin apenas pensar comencé a traducir. Sin tomar ninguna medida de seguridad informática. Sin tomar ninguna precaución para ser localizado. La sed de conocimiento se había apoderado por completo de mi razón, y nada podía liberarme de su yugo. Era incapaz de razonar, las piedras me hablaban, me hablaban a mí, y eso era lo único que existía en el universo, en mi universo, en aquel momento.
Las piedras hablaban de una princesa, y de un reino ocurrido muchos siglos atrás en una tierra fría, lejana y desconocida. Ella, la princesa, sufría sin parar, un terrible mal la quemaba desde dentro, y la entristecía día y noche. Pero no era un mal físico, era un mal más difuso y más esquivo, tal era su poder, que la medicina nada podía contra él.

La princesa contaba que todo el dolor partía de un recuerdo. Le dolía tanto recordar, pero aun así no podía dejar de hacerlo. Le quemaba tanto recordar, pero aun así no quería dejar de hacerlo. Ella era consciente de que un día el mal pasaría, sólo debía resistir, pero ese día le parecía tan lejano. Ella sabía que debía morir, era consciente de que morir era la única forma de librarse de su mal, pero tenía tantas ganas de vivir, que morir lentamente era la única forma de aferrarse a la vida, a la que tanto amaba, a pesar de que esa misma vida le estaba abrasando desde dentro.

Pasaron muchos días y muchas noches en los que la princesa agonizaba lentamente, un poco cada día, y un poco cada noche, sufriendo en cada instante camino de su fin, hasta que un día todo terminó, y la vida le abandonó.
Ese día no fue particularmente especial; fue un día como todos los demás, pero algo tuvo de distinto; había comenzado el camino de su renacimiento. Pero para llegar a ello, a su resurrección, antes tenía que pasar por el infierno. Ese momento llegó, ella se liberó del miedo y afrontó su fin con valor. Morir no es tan terrible, lo realmente terrible es vivir muriendo, justo lo que hizo.

Su paso por el infierno fue aun más doloroso que sus últimos días con vida, pero ella sabía que la resurrección llegaría algún día. Ahora sólo debía resistir, ¡Pero el dolor era tan grande!
- Resiste - se decía a sí misma, - resiste, que al final del túnel siempre está la luz, al final de la tormenta siempre llega la calma, al otro lado del infierno está el paraíso- Pero el dolor era tan grande, el sufrimiento era insoportable, que casi prefería abandonar toda lucha y quedarse allí, en el infierno, sin más.

Justo cuando se disponía a tirar la toalla otro recuerdo pasó por su cabeza, como un relámpago, sin avisar, sin decir nada, simplemente apareció. Recordó las palabras de su viejo maestro; hacía muchos años que no le veía, muchos antes de que siquiera fuera la Princesa del Reino, cuando era una chiquilla corriente a la que le gustaba aprender de cada una de las experiencias que le brindaba la vida.
Su Maestro siempre le decía lo mismo, cada día que se levantaba para sus lecciones y ella se quejaba de lo difícil e inabarcable que era todo eso.
- Recuerda: la diferencia entre el primero y el último de los sabios radica sólo en una décima de segundo. Una décima de segundo en la que el mejor decide seguir sufriendo más, mientras que el otro se rinde. Esa décima de segundo más en la que uno está dispuesto a sufrir, mientras el otro dice basta. Esa décima de segundo de sufrimiento le llevará a otra, y después a otra, y así uno de ellos mejorará cada día, mientras que el otro permanecerá estancado – le enseñaba el maestro.

Fue entonces cuando decidió continuar una décima de segundo más hasta que al fin llegó su resurrección. En medio de la nada más absoluta que forma las paredes del infierno apareció la luz. Justo en lo más alto de la nada. Ella saltó, y saltó, nadie se esforzó nunca tanto por llegar. Saltaba y saltaba, pero no llegaba a alcanzarla, hasta que recordó que para saltar más es necesario liberarse por completo de todo el peso, sólo entonces estás dispuesto para saltar y volar si es preciso.

A los pocos días se liberó de todo lo que le oprimía: Se liberó del dolor, del odio, del rencor y sin darse cuenta empezó a ascender hasta llegar a su resurrección, a su nueva vida.

Fue en este estado de la historia cuando las piedras se terminaron, y yo cegado por mi ansia de saber, quise saber sobre aquel expediente 122-0924/11, fue entonces cuando descubrí el embrujo de aquella lengua muerta, de aquella escritura, de la simpleza de su contenido y de la intensidad de su mensaje. Comprendí lo involucrado que estaba en su sufrimiento, en su penar. Comprendí cuanto conocía ese antiguo texto, el significado de esas letras, recordé de qué conocía aquella vieja lengua olvidada. Y, por fin, supe con certeza que mi vida, como la de aquella princesa del País del Frio, había terminado, y que oscuros seres de aquel infierno tarde o temprano me atraparían y me arrastrarían hacia la condena eterna.

domingo 16 de octubre de 2011

El espejo

Me voy a suicidar. Ni siquiera sé cómo. La idea apareció de repente. La rechacé en principio, pero volvió. La seguí rechazando, y siguió volviendo, una y otra vez, una y otra vez. Ayer dejé de luchar. Esa ominosa obsesión se ha instalado en mí y sé que sólo me abandonará cuando consiga su propósito. Mi vida carece de sentido.
Soy un esclavo sexual, igual que el resto de los que han tenido la desgracia de nacer varones aquí. En nuestra cultura, las hembras son superiores. Nosotros nacemos para obedecerlas y servirlas. Así lo instituyó Mariona, la más grande de las profetisas. La diosa Una, de quien todo procede, se lo comunicó en varios sueños. Sus seguidores transcribieron sus enseñanzas y así surgió el Libro Sagrado, que todos debemos seguir bajo penas durísimas que pueden llegar a la muerte de los hombres en algunos casos.



A los diez años nos cortan el extremo del glande de un solo tajo, voluntad de la única divinidad según indica el texto santo. Muchos mueren como consecuencia de este consagrado rito de paso. Desde el punto de vista femenil, la funcionalidad del pene aumenta porque disminuye la sensibilidad y el orgasmo masculino o no se produce o se produce muy tarde. Todo depende del lugar exacto en dónde golpee el cuchillo ceremonial que la deidad guía a través de la mano de la sacerdotisa de turno. Un atenazante escalofrío me recorre por completo cuando recuerdo lo que me hicieron. Pero tuve suerte, todavía soy capaz de eyacular después de aproximadamente dos horas de servicios carnales.

Mi señora tiene siete maridos, no se deben tener más según el tomo sacrosanto. Mariona la Grande tenía catorce cuando Una la condujo a su presencia. A todas las hembras que mueren o matan en nombre del Libro Sagrado les concede treinta servidores sensuales vírgenes cuando llegan al Farradís.

Me compró virgen cuando tenía once años. A los doce me instruyó en el arte del placer mujeril. Siempre me dice que nadie le lame el sexo como yo. Debe ser verdad porque me elige una media de tres veces por semana.
No es del todo virtuosa mi dueña. La obra sacra veta la introducción del falo en el agujero prohibido, pero a ella le encanta. No sé si los otros lo hacen, tenemos demasiado miedo como para poder hablar de ello.

Salimos poco a los espacios públicos. Cuando nos saca hemos de llevar un traje talar negro rematado por una capucha con una especie de redecilla a la altura de los ojos, cuyos agujeros nos permiten poder respirar e intentar no tropezar cuando caminamos. Como salimos muy poco y podemos comer lo que queramos, casi todos los esposos están demasiado obesos. No es mi caso, por alguna razón mi cuerpo es incapaz de engordar. Pero, no obstante, pese a ser los regordetes los más atrayentes para las féminas de estas tierras, soy el favorito como ya dije.

Siempre debemos ir a tres pasos tras ella cuando nos saca de paseo, es la ley.
Tampoco debemos sostenerle la mirada. Una contestación que le desagrade supone, invariablemente, una manta de palos e insultos. Uno de nosotros quedó tuerto en una de esas. Pese a todo, he de reconocer, en honor a la verdad, que no suele enfadarse a menudo. Sólo ha repudiado a uno de sus desposados, nunca supimos por qué. El pobre diablo vive de la mendicidad en las calles desde entonces. En nuestro último paseo le reconocimos a duras penas: sucio, demacrado, tiñoso. Ojalá que la muy misericordiosa se lo lleve pronto.

Antes de llegar yo al marrén, me contaron que habían ahorcado a otros dos consortes porque les pillaron haciendo entre ellos lo que sólo está reservado para ella. El Libro no sólo prohíbe toda práctica libidinosa entre machos, sino incluso cualquier mirada al sexo de otro.

Con todo, el peor pecado, según el divino texto, es el adulterio. Si el que es acusado de encornudamiento es un cónyuge masculino, se le entierra de pie hasta la ingle y el pueblo le lanza piedras hasta que se le cree muerto. Aún cuando parece yerto, la gente piadosa sigue tirándole piedras por si se diera el caso de que no lo estuviera y, así, evitarle sufrimientos. Vi uno de estos benditos ritos en una ocasión: la cara del ajusticiado quedó hecha un amasijo de carne machacada y sangre, no pude distinguir los ojos.

Las féminas también pueden pecar por amancebamiento. Pero se necesitan cuatro testigos que juren en vista pública que lo han visto con sus propios ojos. Nadie recuerda ninguna condena por infidelidad femenina.

Nuestra ama puede repudiarnos si mostramos cualquier tipo de disfunción del miembro viril. Pero es cierto que, para evitarlo en la medida de lo posible, nos compra todo tipo de sustancias activadoras, algunas muy caras procedentes de lejanos países. A mí me ocurrió una vez y ni siquiera me pegó, se limitó a mandar sustituirme.

Lo más alarmante es que sabemos que hay pueblos que consideran iguales en todo a la mujer y al hombre, en los que el género con el que se nace no determina necesariamente el destino de las personas. Cuando intento hablar de ello con los compañeros me dicen que son pueblos degenerados que no creen en la única deidad y acabarán, por ello, siendo exterminados. Prueba de ello es que se dice que toleran tanto la homosexualidad como el abarraganamiento, y que los señores pueden mostrarse semidesnudos en público sin que nadie diga nada.

No creo que pudiera acostumbrarme a otra cultura, al fin y al cabo somos animales de costumbres y a mí me troquelaron para ser lo que soy.
Lo que realmente me mata es estar siempre esperando a que nuestra esposa me quiera llamar, encerrado entre estas cuatro paredes, encadenado a esta panda de gordos que no se atreven ni a pensar. Nuestra única diversión es comer y que nos saquen de paseo. Y vestirnos y desvestirnos para intentar gustar a la propietaria de nuestras vidas. Todo este abotonarse y desabotonarse.

--------------------------------
Para, por y de Jaime Gómez. Buen amigo, buen atleta y precursor de este cambio en el blog.
Gracias Jaime. No seas muy duro conmigo.